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¿Estamos comunicando nuestros fracasos?

Por lo general, y sobre todo cuando el año va llegando a su fin, es muy común comenzar a hacer balances sobre los principales hechos o acontecimientos sucedidos a lo largo del mismo (lo hacemos las personas de forma individual, y lo hacen las empresas). Dentro de las organizaciones estas instancias se suelen comunicar públicamente en las fiestas de fin de año, en las que se comparte con todos los colaboradores los resultados de la compañía, los principales logros y los merecidos agradecimientos. No es que esté mal hacerlo. Por el contrario, lo alentamos y nos parece una práctica supersaludable. Sin embargo, nos pusimos a pensar y nos surgieron dos preguntas: ¿por qué dejar pasar 365 días para hacer estas comunicaciones? Y, ¿por qué siempre resaltamos los logros, pero intentamos tapar los fracasos como si fuera polvo bajo el tapete?

Pensamos bastante antes de responder ambas, porque lo cierto es que nosotros también solemos esperar a diciembre para compartir las buenas noticias y los éxitos del año con el equipo y con quien quiera oírlos. Sin embargo, para este 2020, nos hemos propuesto algo distinto: no solamente apreciar lo que salga bien (que por suerte y por lo general es lo que más pesa en nuestra balanza), sino también focalizarnos en qué obstáculos hemos tenido, en dónde nos equivocamos, qué aprendimos de estas equivocaciones y cómo podríamos sortearlas si pudiésemos volver el tiempo atrás. Es decir: darle un espacio a la comunicación del error.

Repensar nuestros errores con el propio equipo tiene una doble ventaja: por un lado, se les pierde el miedo. Todos nos equivocamos, y estos marrones seguramente nos dejen alguna enseñanza que podamos compartir con nuestros colegas, pero solo podremos sacarle lo positivo si primero nos damos un baño de humildad y admitimos el error. ¡De no hacerlo, además, el daño será peor! Por el otro, se evita que este tropezón vuelva a ocurrir, ya que nuestros colegas estarían alerta y conocerían qué hacer -o qué no hacer- en una situación similar. 

¿Cómo se vincula esto con la Comunicación Interna? Siempre hablamos del valor de la palabra oral, de las instancias cara a cara (más allá de lo necesario que sea para el equipo de Comunicación Interna poseer vehículos escritos). La comunicación del error, además de comunicarse en el balance anual, bien podría ser parte de la rutina comunicativa de los líderes: un bloque estipulado (de media hora, cuarenta minutos o lo que cada cual considere) exclusivamente para hacer balance (y por qué no “celebrar”) nuestros errores. Encuentros que, a su vez, colaborarían al refuerzo de los vínculos y a la construcción de una imagen de mayor transparencia y credibilidad. De esta forma, cada (¿dos, tres, seis?) meses los equipos podrían revisar lo que no salió como lo se esperaba, examinar los motivos, repensar los procesos y aprender de cada caso pero sin represalias. Ya lo dijo Einstein: ¡una persona que nunca cometió un error, jamás intentó hacer algo nuevo! Hay líderes que incluso realizan programas de reconocimiento al error, o hasta dan premios al “fracaso del año”. Laszlo Bock, por ejemplo, quien fue por muchísimos años el jefe de Recursos Humanos nada más ni nada menos que de Google, es uno de ellos.

Establecer espacios periódicos para generar charlas enriquecedoras con los equipos generará una enorme confianza en el grupo y notable mejora en la Comunicación Interna del mismo y por ende, si la práctica se expandiera a todos los sectores, de la organización en su totalidad. ¡No es necesario esperar a diciembre para hacer balance! Ni es recomendable tapar los errores, o avergonzarse por ellos.

Publicamos esta nota ahora para alentar que en tu empresa comiencen a generarse estos espacios de comunicación del error (Covid de por medio, por el momento serán virtuales). No esperemos a diciembre para celebrar nuestros éxitos y nuestros fracasos. Reconozcamos y festejémolos en cualquier momento del año.

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